Un pequeño Orochimaru miraba fijamente la palma de su mano, la cual sujetaba la blanquecina piel de serpiente que había encontrado en la tumba de sus padres. La miraba con ternura mientras esbozaba una sonrisa. Delante de él, su maestro y mentor Sarutobi Hiruzen, de veinticuatro años, le observaba con una mirada comprensiva.
Los dos shinobi estaban en el Cementerio Militar Antiguo de Konoha. Allí dormían el eterno descanso los ninjas que habían caído en acto de servicio o que habían fallecido por otras complicaciones. Como su nombre indicaba, estaba reservado a los cuerpos de quienes habían pertenecido al Sistema de Jerarquía Shinobi, siendo, además, el primero en ser construido en la aldea. Diversas lápidas de color blanco grisáceo yacían colocadas en paralelo en filas y columnas, siendo bordeadas con tiras de cesped y hierba muy bien cuidadas. En el lugar de presidencia del cementerio, se alzaba un monumento de unos tres metros de altura que simulaba la representación de una llama, aludiendo a la filosofía de vida y combate de Konoha: la Voluntad de Fuego. A los pies de la flama rojiza de piedra, se encontraban las tumbas de Senju Hashirama y Senju Tobirama, hermanos de sangre y los dos primeros Hokage de Konoha.
Hiruzen había acompañado a Orochimaru a visitar a sus padres tras verle tremendamente deprimido tras el final del entrenamiento del día. No era habitual en el pequeño de curioso aspecto físico. Normalmente se mostraba maduro, un niño genio que parecía que nada le afectaba. Sin embargo, hoy era ese día, el día del aniversario de la muerte de sus padres.
Por ese motivo, cuando lo supo, Sandaime Hokage propuso al niño acompañarle para que no se sintiese sólo. ¡Cuán grande fue su sorpresa que al llegar y depositar las flores sobre la tumba encontraron una fina piel de una serpiente blanca! Sin duda, algo extremadamente raro y considerado de buena suerte, símbolo de renacimiento y de inmortalidad.
“Se le ve feliz.” pensó Hiruzen bien Orochimaru comenzaba a guardarse en el bolsillo de su kimono el resto de piel que la serpiente había dejado atrás. “Espero que esto le de esperanza para seguir adelante.”
—Sarutobi-sensei.
Hiruzen levantó ligeramente la mirada encontrándose con los inocentes ojos de su alumno.
—¿Uhm? ¿Qué sucede, Orochimaru? —preguntó con cierta curiosidad el hombre de perilla castaña.
El Jônin observó que Orochimaru se quedó escudriñando su rostro, como tratando de buscar algo, descubrir algo en él. De alguna manera, identificar si lo que acababa de contarle sobre el simbolismo de la piel de la serpiente blanca era absolutamente cierto.
—No, nada. Nos vemos mañana, Sarutobi-sensei. —dijo el pequeño de seis años que salió corriendo en dirección a la entrada del cementerio.
Hiruzen vio como Orochimaru desaparecía de su vista bajo el sol del mediodía. Pese a los suaves y tranquilos ojos de su alumno, había algo en su mirada que Hiruzen había identificado como raro. No sabía qué era exactamente. Era como una luz diferente que iluminó sus ojos, como si algo hubiese hecho conexión en la joven mente de su alumno, algo que sintió que no debería haber sucedido. No obstante, Hiruzen prefirió no darle muchas vueltas. Al fin y al cabo, era normal que hoy Orochimaru se encontrase anímicamente diferente.
Sin embargo, fue ahí cuando Sandaime Hokage cometió el primer error con su discípulo Orochimaru: no fiarse de su propio instinto para con él. Esto lo supo a la mañana siguiente, cuando decidió adelantarse al campo de entrenamiento donde quedaba con el equipo de sus alumnos.
Sarutobi Hiruzen caminaba en dirección al Campo de Entrenamiento Número Tres, su lugar elegido y designado para tan particular grupo. El Jônin pensaba en la grata sorpresa que se darían sus pupilos por verle allí llegar primero cuando, poco a poco y con gran intensidad mientras caminaba, comenzó a oler el aroma de la sangre.
Esto alertó sobremanera al Jônin, quien caminó más deprisa hasta correr. Algo no iba bien, desde luego. Tenía que averiguar si había pasado algo grave. Si bien era normal que pudiese percibirse el aroma del líquido rojizo, no era habitual hacerlo en el enorme volumen que él lo estaba notando. Cuanto más se acercaba al lugar, peor y más intenso se percibía.
Cuando llegó al Campo de Entrenamiento Número Tres, Sarutobi Hiruzen se quedó paralizado por el horror que estaba presenciando. El lugar estaba lleno de decenas, casi cientos, de cadáveres de pequeños animales. Conejos, ardillas, ranas, cuervos, gorriones, urracas, serpientes de diversos colores, incluso algún zorro. Todos estaban desollados completamente y distribuidos por especie en diferentes montos. La sangre que borbotaba de las pilas discurría por el campo, encharcando la verde hierba y formando pequeños coágulos sólidos.
Entre todo ese fatídico y cruento espectáculo, en cuclillas y dando la espalda, se encontraba un niño haciendo movimientos erráticos con sus manos. Un niño que, rápidamente, el Hokage de Konoha reconoció.
—¿Orochimaru? —dijo Hiruzen tragando saliva pensando en lo peor.
Ante la llamada de su nombre, se giró el pequeño niño con largo cabello negro y ojos amarillos y risueños. En su mano derecha, tenía un cuchillo de despellejar. En su mano izquierda, un conejo blanco a medio desollar. Se notaba que el pobre animal estaba medio vivo porque aún se veía que se le movía el tórax, pero a duras penas.
—Ah, Sarutobi-sensei. No esperaba que llegases tan pronto hoy. —dijo Orochimaru con una sonrisa que no mostraba ápice de culpabilidad, sólo alegría. —Tenía pensado recogerlo todo antes de que llegaras tú, Tsunade y Jiraiya.
Hiruzen sintió que un escalofrío recorría su espalda con gran desazón. No sabía qué hacer ahora mismo. El hombre del clan Sarutobi había estado peleando en diversas batallas bélicas, se había enfrentado a situaciones de vida y muerte que le habían curtido en el shinobi que era hoy. Sin embargo, en ese mismo instante, Sarutobi Hiruzen sintió que un pequeño niño de seis años con mirada y sonrisa inocentes le acababa de vencer.
—Orochimaru, ¿qué significa esto?
El niño, con mirada extrañada, se fijó en sus manos y en el alrededor del campo de entrenamiento. Luego dirigió la vista de nuevo a su maestro.
—Ah, esto. Sólo estaba probando la idea que me vino ayer en el cementerio. Ya sabes, después de que nos encontráramos con la piel de serpiente blanca. Quería comprobar si es igual de sencillo quitar la piel yo mismo que cuando se la quitan las serpientes. Pensé que simplemente podía hacerlo, y lo hice.
Hiruzen miró con absoluto terror la pasmosa sinceridad de su alumno. No había ningún atisbo de duda en sus gestos y palabras. El hombre hizo parar una náusea en su garganta ante semejante espectáculo.
—Orochimaru. —llamó Hiruzen acercándose a su alumno despacio con la mirada baja.
El hombre del clan Sarutobi lo sabía. Lo que el niño acababa de hacer era un acto traducido como un desprecio absoluto por la vida. No sabía si era por ignorancia, crueldad propia de la inocencia infantil o por la relación de la propia familia de Orochimaru con el mundo de la investigación, pero la falta de enseñanza de las nociones éticas básicas. Sea como fuere, tenía que corregirlo, debía darle una paliza, aleccionarle severamente por sus acciones. Se disponía a levantar la mano para darle una fuerte bofetada en el rostro. Así es como lo hacía con sus dos hijos, así era como debía también aprenderlo Orochimaru. Era su responsabilidad como su maestro, como Hokage y también como responsable de su patria potestad al estar sus padres muertos.
Sin embargo, no pudo. Cuando fue consciente, Hiruzen se sintió paralizado en el sitio. No supo por qué, pero se quedó allí, sin poder golpearle, sin gritarle, sin aseverarle. Sólo mirando esos ojos inocentes amarillos, unos ojos que siempre había pensado cuyo color no era normal.
—Orochimaru. Vete ahora mismo de aquí y díles a Tsunade y a Jiraiya que el entrenamiento queda cancelado hoy. —dijo entre dientes el turbado hombre bajando la mirada y señalando a la salida del campo de entrenamiento.
El pequeño niño dejó en silencio en el suelo al conejo y el cuchillo y procedió como le había indicado su maestro. Las pequeñas manos de Orochimaru fueron sacudidas al paso, dejando salpicaduras en la vestimenta –tanto la suya como la de su maestro– y en las partes limpias del suelo.
De esta manera, Sarutobi Hiruzen se quedó sólo en el Campo de Entrenamiento Número Tres con la cabeza gacha, sintiendo el rastro de muerte y putrefacción que había a su alrededor. Un pequeño sonido lastimero le hizo salir de sus penosos pensamientos. Dirigió su mirada al moribundo conejo. Con el corazón lleno de compasión, Hiruzen le indujo en un Genjutsu calmo, agarró el cuchillo de despellejar que Orochimaru había portado anteriormente y rebano el cuello al pequeño mamífero, dándole el descanso final que necesitaba.
—Lo siento… lo siento… lo siento…
Una retahíla de constantes disculpas sonaba en el Campo de Entrenamiento Número Tres. Antes de llamar a los ANBU para que procedieran a limpiar el lugar, Sarutobi Hiruzen se permitió llorar largo rato. El llanto que Orochimaru fue incapaz de derramar por los más vulnerables.
—
—¡EH, SARUTOBI-SENSEI!
El mencionado rebotó en su sillón de gobernante, haciéndole escribir el documento que tenía enfrente de su escritorio con un garabato mal hecho. La apertura repentina de la puerta y el consecuente golpe en la pared habían sido el causante de ello. Era por la mañana y apenas el funcionamiento de las gestiones acababa de comenzar.
—¡Tsunade! ¡¿Se puede saber porque entras así en mi oficina?! —exclamó molesto Hiruzen. —Has escuchado que le he dicho a Jiraiya siempre que entre despacio. No se porque crees que contigo es diferente.
La joven y bella kunoichi de veinte años cerró la puerta con presteza y se acercó dando grandes pisadas hasta la mesa de la estancia. De la rapidez, se medio encaramó a la mesa, extendiendo con su brazo derecho un papel que parecía un informe. Hiruzen miró con gran extrañeza el material, a la vez que los ojos de la furiosa Tsunade.
—¡¿Se puede saber cuándo y cómo le has dado permiso a Orochimaru para poder coger material de investigación de la Sección Maestra Médica?! —preguntó airada Tsunade. —¡Ya sé que eres el Hokage y todo lo que quieras, pero hasta tú sabes que hay reglas y procedimientos que deben ser seguidos!
Hiruzen parpadeó varias veces confundido por las declaraciones de su antigua alumna y actual Jefa Shinobi del Departamento Médico de Konoha. ¿Cómo qué permiso a Orochimaru? ¿Material de investigación? ¿de la Sección Maestra Médica? Eso no era posible. Estaba estipulado por ley que todo material de dicha sección de la Biblioteca de Konoha sólo era posible de acceder al mismo con la expresa autorización del Jefe Shinobi del Departamento Médico de Konoha, en este caso Tsunade. Sandaime frunció el ceño extrañado.
—¿C-cómo? Tsunade, eso es imposible. Yo no le he dado permiso a Orochimaru para que haga algo así. —respondió Hiruzen con firmeza.
—¡¿Ah, no?! ¡Entonces, ¿qué es esta autorización en la que das permiso a Orochimaru para que acceda a la sección sin mi permiso, eh?!
Hiruzen vio como Tsunade movía el papel que tenía ante su cara varias veces, como fundamentando su ira por el contenido del mismo. Sandaime agarró el documento diligentemente y procedió a leerlo despacio y con cautela. Por su parte, Tsunade, la cual había sido testigo de la confusión de su maestro, vio que la cara de Sandaime fue convirtiéndose en una mueca pasmada. La joven kunoichi sintió que la habitación se quedaba en un silencio incómodo que hizo que su ira se fuese despejando.
—Tsunade… —comenzó diciendo Hiruzen despacio. —¿De dónde has sacado este documento?
A la chica de cabellos rubios y dos coletas bajas le duró poco la tranquilidad, pues le pareció que se le iba hinchando la vena de la frente de nuevo.
—¡¿Eh, cómo que de dónde?! ¡Pues de dónde va a ser, dah! ¡Me la dio Orochimaru! —respondió burlona Tsunade.
Hiruzen continuó leyendo la autorización con preocupación.
—Encontré este libro en su casa ayer, cuando tomamos un trago después del día de trabajo. —explicó Tsunade moviendo el compendio médico en el aire. —Cuando le pregunté porque lo tenía, me dijo que tú le diste permiso, Sarutobi-sensei. Me cabreé mucho cuando lo supe y…
—Tsunade. Esta no es mi letra.
La joven muchacha dirigió la mirada a su maestro quien tenía un semblante absolutamente cerrado por la seriedad.
—¿Eh? Sarutobi-sensei, ¿qué estás diciendo?
—Estoy diciendo… que esta no es mi firma, Tsunade. —declaró Hiruzen señalando el final del documento y pasándole uno adicional. —Esta otra sí que es mi firma.
Tsunade agarró los dos papeles y comenzó a compararlos entre sí. La joven kunoichi apoyó sus ojos en los sutiles trazos de los kanji de nombre y del apellido de su maestro. También se fijó en el sello oficial del Hokage elegantemente bordeado sobre el papel.
—No noto ninguna diferencia, Sarutobi-sensei. No sé a qué te refieres.
—Um, supongo que es normal para ti no reconocerlo, Tsunade, pese a tu buena vista como ninja médico. —dijo Hiruzen recogiendo de nuevo los papeles y poniéndolos encima de su mesa. —Al fin y al cabo, yo tengo cierto grado de maestría gracias a que la caligrafía es mi afición.
—Creía que charlar con jovencitas guapas era tu afición, Sarutobi-sensei.
Hiruzen comenzó a toser fuertemente haciendo exaltar ligeramente a Tsunade. La joven ninja médico se rió por lo bajo ante la evidente burla que le había hecho a su maestro.
—Charlar con los jóvenes forma parte también del trabajo del Hokage, ¿sabes, Tsunade?
—Sí, sí, lo que tú digas, sensei…
Tras unos instantes, en los que vio que su maestro parecía recuperar algo la forma, Tsunade vio que Sandaime le indicó acercarse a la mesa presidencial de la oficina, situándose a su lado.
—Fíjate en este surco del segundo kanji de mi apellido. Es incorrecto, completamente incorrecto, Tsunade. Tendría que ser de arriba a abajo y no al revés. Es una mala costumbre que tengo al escribirlo. Por eso sé que ha sido falsificado.
Tsunade se fijó mucho en lo que su maestro le estaba señalando. Gracias a su guía pudo discernir, no sin dificultad, de que efectivamente había algo raro. Aunque casi imperceptible, el nombre de su maestro no estaba escrito como debería estarlo.
—Y no sólo eso, Tsunade. Debes recordar que cuando firmo autorizaciones desde la Oficina Hokage, no utilizo mi firma personal a mano, sino que utilizo el sello con mi nombre y el sello de Hokage para acreditarlo fehacientemente.
Tsunade hizo memoria ante las declaraciones de su maestro. Tenía razón. Sandaime sólo firmaba a mano pequeños recados, nada que tuviese alguna gravedad importante. Sin embargo, aquí estaba: una autorización oficial con el sello de Hokage y con su firma manual falsificada para poder acceder a la Sección Maestra Médica, la última y más protegida zona de la amplia Biblioteca de Konoha sobre dicha temática. Sólo quedaba pensar en que esto era un completo fraude, una traición directa, muy seguramente perpetrada por Orochimaru, algo que no le sorprendió demasiado a Tsunade.
—Sarutobi-sensei, creo que tanto tú como yo sabemos quien es el que ha hecho esto, ¿verdad?
Hiruzen bajó la mirada a los documentos. Eran muy pocas las personas que tenían acceso directo a su oficina de manera habitual y, por supuesto, ninguna podía hacer uso del sello oficial del Hokage. Si Tsunade había recibido de manos de Orochimaru esa autorización, sólo se podía esperar que fuese él quien lo había cometido.
—Haré venir a Orochimaru. Ordenaré que tenga prohibido acceder al material de la Sección Maestra Médica a perpetuidad. —declaró Hiruzen apoyando sus manos en la barbilla.
La Oficina de Hokage se quedó en completo silencio. Tsunade esperó. Esperaba que su maestro dijese algo más. Alguna sanción más estricta, trabajo forzado, misión que realizar ante la afrenta realizada por su antiguo compañero de equipo. Nada. No hubo respuesta.
—Pero, ¡¿se puede saber que estás diciendo, Sarutobi-sensei?! —preguntó la ninja médico indignada. —¡¿Cómo que SÓLO le prohibirás acceder a la Sección Maestra Médica para siempre?! ¡¿Es que estar cerca de los cuarenta te está afectando a la sesera o qué?!
Hiruzen se mantenía en silencio con la mirada completamente baja. Tsunade no podía ver el rostro de su maestro, tapado con el sombrero Hokage.
—¡Esto que ha hecho Orochimaru es muy grave! ¡Es un delito de falsedad documental con principio de traición por uso no autorizado del sello oficial de Hokage! —declaró Tsunade muy airada. —¡Cualquier otra persona que lo hubiese hecho sería condenada por traición directamente y no dudarías en llamar a un ANBU para que se lo llevasen a la División de Inteligencia, y de ahí a la Fuerza de Interrogación y Tortura para esclarecer lo que pretendía!
Tsunade vio que Hiruzen no cambiaba su expresión corporal y esto la frustró y enfadó sobremanera.
—¡Esto sólo lo haces por que es tu favorito, ¿cierto?! ¡Por eso no haces nada!
—¡SILENCIO, TSUNADE!
El repentino grito de su maestro retumbó en la sala. La cara de Hiruzen mostraba una furia extrema. La ninja médico se quedó tan impactada que guardó absoluto silencio. Nunca había visto a su maestro reaccionar de esa manera. No al menos con una caso similar a este. Vio que, poco a poco, Hiruzen descendió ligeramente la mirada, una mirada con el ceño muy fruncido, pero más calma.
—Tsunade, entiendo que estés muy molesta y que creas que porque he tenido un cariño especial por Orochimaru puedo ser más pasivo con él. De hecho, lo que has propuesto es el castigo proporcional a semejante crimen. —comenzó diciendo Hiruzen con voz grave. —Sin embargo, no puedo hacerlo. No en el caso de Orochimaru.
Tsunade sentía que las piernas se le agarrotaron y los puños comenzaban a apretarse fuertemente en sus manos. ¿Qué significaba eso? ¿Cómo que en el caso de Orochimaru no?
—Tú lo sabes, Tsunade. Orochimaru siempre ha tenido interés en investigar. Él sabe que sólo a los médicos y enfermeros se les permite acceder a esa sección, pero tiene mucho interés en aprender más. Por esta vez, sólo recibirá una amonestación.
—Una amonestación… ¡¿Una amonestación?! —gritó enojada la kunoichi.
Hiruzen se sobresaltó al ver que Tsunade golpeaba la mesa con mucha fuerza, hasta el punto que parecía que la iba a resquebrajar. Sabía que su alumna estaba comenzando a realizar un entrenamiento de gran fuerza y parecía que comenzaba a dar frutos.
—¡Escúchame, viejo, porque parece que no te enteras de nada! ¡Orochimaru ha accedido a un libro de medicina de la zona de máximo control dentro de la Sección Maestra Médica! —gritaba Tsunade completamente indignada — ¡Un libro de investigación sobre experimentación humana!
Ante la mención de las dos últimas palabras, Sandaime se quedó petrificado. ¿Eso podía ser que…?
—¡Y no es sólo eso lo peor! ¡Orochimaru ya estuvo haciendo experimentos desde que era niño, ¿verdad?! ¡Con animales!
—¡¿Cómo sabes eso, Tsunade?! —dijo exaltado Hiruzen levantándose de su sillón.
—¡El mismo Orochimaru lo confesó todo ayer cuando estaba borracho! ¡Y por lo que veo en tu reacción, TÚ LO SABÍAS TODO! ¡Nos lo has OCULTADO a Jiraiya y a mí! —gritó Tsunade con una mezcla de indignación y furia en el tono de su voz.
Hiruzen se quedó en silencio. Era cierto. Nunca había mencionado a nadie sobre aquel incidente de Orochimaru a ninguno de sus alumnos. Es más, sabía que el joven de aspecto extraño había seguido haciendo pequeñas indagaciones por su cuenta con pequeños animales, pero nada más allá. Había decidido ocultarlo por el propio bien de Orochimaru, para darle una oportunidad de cambiar, de darse cuenta del gran valor de la vida. Sin embargo, parecía que nada de eso estaba sucediendo. Orochimaru no estaba aprendiendo nada beneficioso para él mismo, ni para los demás desde la perspectiva moral y ética. Que ahora estuviera queriendo investigar con seres humanos por su propia cuenta, lo cambiaba todo. Era algo muy grave con evidentes malas consecuencias a corto, medio y largo plazo.
Tsunade vio como su maestro se volvió a sentar en el sillón tras una retahíla de reproches que había lanzado. Veía como Hiruzen estaba en completo silencio con las manos apoyadas sobre la mesa.
—Tsunade. Yo… he querido darle a Orochimaru una oportunidad. No quería que Jiraiya y tú supieseis de esos comportamientos y conductas para… evitar una posible marginación por vuestra parte. Era necesario con vistas a que luchaseis en la guerra como un equipo unido.
La joven permaneció en silencio con la boca ligeramente abierta. Sus labios permanecían separados, incrédulos por las declaraciones de su maestro.
—Tú lo sabes. Orochimaru nunca ha tenido ningún tipo de familia y ha creado su propio sistema de valores y creencias. No ha tenido a nadie que le enseñe. —declaró Hiruzen fijándose en los matices de la madera de su mesa. —Tenemos que ser comprensivos con él y ayudarle a encaminarle y…
—Eres un mal maestro, Sarutobi-sensei.
Estas palabras las sintió Hiruzen como una daga clavándose profundamente en su corazón. Levantó la vista y allí estaban los ojos color miel de su alumna con una expresión facial que mostraba dolor, ira y decepción.
—¿Qué Orochimaru no tuvo familia? Jiraiya tampoco tuvo familia y no ha acabado así, por si no te habías dado cuenta. De hecho, tú siempre le has estado corrigiendo por sus payasadas, teniendo incluso la vergüenza de decirle que debía aprender de Orochimaru. —dijo Tsunade en un tono de mucha fuerza en sus palabras.
Hiruzen intentó tragar saliva, pero sintió que su boca se había quedado seca completamente.
—Si los experimentos con animales comenzaron desde niño y no hiciste nada para pararle los pies, eres igual de responsable que él… o incluso peor, porque pudiste buscar apoyo para ayudarle y no lo hiciste. Por eso su sistema de valores es así, completamente distorsionado.
El Hokage vio como Tsunade se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta del despacho para salir.
—Sarutobi-sensei, yo no me voy a meter nuevamente en que debes o no debes hacer con él o si Orochimaru es tu favorito o no, pero tienes una gran responsabilidad para con él, como Hokage y como persona más cercana a su vida personal. Desde ahora te digo que, si me entero de que Orochimaru vuelve a robar algún tipo de material o le veo siquiera acercarse a la Sección Maestra Médica, le detendré en ese mismo instante y llamaré a los ANBU para que le capturen. —declaró Tsunade con un tono sostenido y enfadado. —Ah, y si a Orochimaru se le ocurre ir más lejos que sólo matar pequeños animales o robar material clasificado, será TODO CULPA TUYA.
Un fuerte golpe sonó contra los marcos de la puerta e hizo retumbar la sala. Los sonidos de los pasos fueron alejándose hasta desaparecer. Hiruzen se quedó en silencio con la cabeza gacha y el corazón derrotado. Era cierto. Él era el culpable de todo esto. Era el responsable de no haber parado a Orochimaru. Nunca dijo nada a nadie, creía que podía solucionarlo él sólo y ahora el problema con Orochimaru era mayor.
Esperaba que con la reprimenda que iba a dar a su discípulo favorito fuera suficiente para hacer reconducir sus ideas y su pensamiento.
—
—¡Te juro por lo más sagrado, Orochimaru, que si vuelves a acercarte a mi hijo o a cualquier otro heredero de los clanes, te mataré en ese mismo instante! ¡¿ME HAS ENTENDIDO?!
El rugido de un hombre rasgó el tranquilo mediodía de Konoha. La escena era cuanto más esperpéntica: un joven Orochimaru de veintiún años estaba siendo elevado a varios pies del suelo por el cuello de la camisa por los fuertes brazos de un hombre pulcramente vestido. La burda situación se complementaba con un Sarutobi Hiruzen paralizado por el horror. Finalmente, tirado en el suelo e intentando taparse con poco éxito el torso con su camiseta-kimono, un joven de once años miraba con ansiedad a su padre y al esperpéntico individuo que le había atacado.
—Siendo su hijo un Genin, no pensé que fuese algo malo ofrecerle un trabajo extra por sus cualidades… físicas, señor. —dijo Orochimaru sonriendo ligeramente ante las palabras del padre del muchacho.
Enfurecido y ultrajado, el hombre de largos bigotes lanzó a Orochimaru contra una de las vallas de madera que creaban las calles de Konoha y se acercó a su hijo para ayudarle a levantarse. El Jônin de ojos amarillos sólo gruñó por el impacto y miró de soslayo a los dos miembros del clan más importante de Konoha. El Hokage sentía que el labio inferior le temblaba sobremanera.
—¡Hiruzen, más te vale tratar lo que ha pasado con este esperpento de alumno que tienes! ¡Quiero un informe y una disculpa inmediata para cuando nos volvamos a ver! —exclamó indignado el altísimo varón con la cara enrojecida. —¡De lo contrario, te expondrás a que reclame una sanción y una compensación por esta afrenta!
Sandaime escuchaba el fuerte regaño inclinado en una profunda reverencia de disculpa. Dentro de su corazón había una serie de emociones muy dolorosas. Ira, confusión, enojo, incredulidad, vergüenza. Absoluta vergüenza por lo que acababa de hacer Orochimaru. Hiruzen miraba por el rabillo del ojo a su discípulo, quien mostraba una cara completamente neutral.
—¡Vámonos, hijo!
—S-sí, padre…
Hiruzen escuchó los pasos alejarse de allí mientras mantenía la reverencia hasta que dejaron el silencio de la calle. Giró el torso para ver que Orochimaru comenzaba a levantarse del suelo y a sacudirse el polvo del traje de Jônin que portaba. El rostro de su antiguo discípulo mostraba una naturalidad pasmosa, como si esa situación no tuviese nada que ver con él.
—Sarutobi-sensei, la verdad es…
—Orochimaru, márchate ahora mismo de aquí. —dijo Hiruzen con el rostro lleno de seriedad, cortando cualquier intento de que su discípulo se excusase. —Te quiero ver en media hora en mi oficina. Prepárate para lo que voy a hablar contigo.
Orochimaru se quedó mirando a su maestro unos segundos antes de encogerse de hombros y desaparecer de allí andando. Sandaime estaba harto. Había comenzado a recibir avisos de civiles y shinobi acerca del ninja de ojos amarillentos. Las llamadas de atención eran variadas. Los denunciantes habían visto que Orochimaru les vigilaba desde la distancia, en ocasiones lanzando miradas extrañas; algunos habían notado que se acercaba a hablar a los grupos de niños pequeños y jóvenes. No sabían exactamente para qué, sólo sabían que Orochimaru lo hacía frecuentemente y todos los pequeños se negaban en rotundo a acceder a las demandas del Jônin. Cuando se les preguntó a los niños que quería el Jônin de aspecto esperpéntico, guardaban silencio con una mirada de incomodidad, aludiendo a que no podían decir nada, como si de un vergonzoso secreto se tratase.
—Vaya, vaya, sin duda ha sido un espectáculo cuanto menos curioso.
Una voz conocida hizo saltar a Hiruzen de sus pensamientos. Se volteó y vio a su antiguo camarada y actual Anciano del Consejo de Konoha Shimura Danzô, quien le observaba apartado y aparentemente impasible.
—Danzô, ¿qué haces aquí? ¿Qué quieres?
El mencionado miró a los ojos de Hiruzen con absoluta tranquilidad. Danzô era un hombre de cuarenta años, alto y recto como una espiga, con los iris pequeños y de color marrón claro. Vestía un kimono liviano y de colores sobrios que se movían con delicadeza al andar despacio.
—¿Yo? Sólamente estaba dando un paseo por la aldea cuando he escuchado el alboroto dos calles más atrás. —explicó poniéndose al lado de Hiruzen. — Parece que a Yorugumo-sama no le ha gustado lo que sea que haya hecho tu antiguo alumno a su hijo, ¿eh, Hiruzen?
Sandaime apretó los labios dejándolos en una línea fina. Hiruzen no era tonto: podía intuir que Danzô sabía que había sucedido con Orochimaru en el asunto que acababa de suceder con Yorugumo y su primogénito. Seguramente lo había visto todo desde la distancia. Es por eso que lo que menos le apetecía en ese momento era lidiar con las estúpidas y altaneras palabras de Danzô.
—Escucha, Danzô, si no tienes nada importante que decirme, nuestra conversación se ha…
—La verdad es que sí hay algo que me gustaría comentarte, Hiruzen. —dijo repentinamente el Anciano del Consejo de Konoha.
El Hokage se quedó en silencio mirando a su compatriota fijamente.
—O más bien, me gustaría sugerirte algo, si es que puedo hacerlo, Hiruzen. —concretizó el shinobi de mirada seria.
Hiruzen se quedó pensativo ante las palabras de Danzô. No era habitual que el líder de la Sección Raíz le diese conversación, sugerencia o le pidiese algo, más ahora que acababa de fundar hacía poco dicha institución. Danzô había sido una persona sumamente insistente en los últimos diez años con la necesidad de implementar una rama especial dentro de los ANBU. Tras mucho trabajo argumentativo y pruebas mostradas al Consejo de Konoha, se decidió que se crearía la Sección Raíz para realizar las labores más duras y secretas, siempre desde la gobernanza del Hokage, pero con el entrenamiento y la guía del líder de Raíz, en este caso Danzô.
No sabía Sandaime que podía esperar exactamente de quien había estado tan insistente durante tanto tiempo para alcanzar ese objetivo, pero decidió saber qué se traía en la cabeza. Arengó pues a Danzô a hablar.
—Quisiera sugerirte que dejaras que Orochimaru se uniese a los ANBU, en concreto a la Sección Raíz. —declaró simplemente Danzô haciendo abrir los ojos de Sandaime sobremanera. —Creo que sería un buen miembro.
—¡¿Q-qué estás diciendo, Danzô?! ¿Orochimaru ANBU? —interrogó el Hokage al Anciano del Consejo con incredulidad. —Me temo que eso es imposible. Orochimaru no me parece que esté preparado para…
—Claro, claro. Entiendo que eso lo digas porque lo aprecias, por ser tu antiguo alumno, Hiruzen. —interrumpió Danzô a Sandaime para hablar. —Sin embargo, me parece que no te estás centrando en las evidencias que muestra Orochimaru.
Hiruzen tragó saliva despacio y miró nuevamente a los ojos a Danzô. ¿A qué se estaba refiriendo con “las evidencias de Orochimaru”? Su cara confundida parecía decir al Jônin que debía continuar hablando.
—En realidad, no eres tonto, Hiruzen. Orochimaru es un “rara avis”, un genio que aparece una vez cada muchas generaciones. Tú siempre has hablado así de él cuando le entrenabas de pequeño, presumiendo de él. —decía Danzô dando unos pasos hacia delante. —Sé de buena tinta que un genio se… puede llegar a aburrir si se le deja al mismo nivel que al resto de shinobi promedio, si no se le dan actividades más… estimulantes.
“¿Aburrirse Orochimaru? ¿Acaso Danzô se ha enterado de los animales y de los materiales de experimentación humana?” pensó Hiruzen sintiéndose comprometido ante los recuerdos de esos actos.
—Es por eso que considero que Orochimaru tiene un perfil que puede hacerle encajar dentro de ANBU. Sólo necesitaría un poco de disciplina y compañerismo que compartiría con el resto de miembros de Raíz. —decretó Danzô terminando su argumentación.
Hiruzen guardó silencio. Lo que decía Danzô tenía bastante sentido. Orochimaru siempre se había interesado por investigar y saber más, algo que se le había denegado por sus tendencias especiales y por sus actos poco éticos. Sin embargo, dentro de Raíz, todo sería distinto. Tendría que amoldarse a la disciplina de la rama de la organización ANBU, pero podría realizar actuaciones que le ayudarán a saciar esa curiosidad que latía dentro de su corazón de manera constante. Además, se añadiría el hecho de que estaría haciendo un bien a Konoha, podría ver y aprender más sobre el valor de la vida y el significado de la Voluntad de Fuego.
—Y bien, Hiruzen, ¿qué te parece mi propuesta? Al fin y al cabo, tampoco te podrás preocupar por su destino. Sabrás todo lo que suceda. Aunque yo sea el líder y guía de la sección, Raíz está bajo tu gobernanza. —dijo Danzô sonando persuasivo.
Hiruzen seguía sin decir nada. Definitivamente Danzô tenía razón en todo lo que había comentado. Bien es cierto que le preocupaba el devenir de Orochimaru, pero teniéndolo cerca de su mando, y lejos de otros shinobi y niños, era bastante buena propuesta como para aceptarla.
—Iré a hablar con Orochimaru inmediatamente. Le daré órdenes de que se dirija al cuartel de Raíz ahora mismo. —dijo Hiruzen alejándose del Anciano y dirigiéndose hacia la Mansión Hokage. —Te lo encargó, Danzô.
Danzô observó como Sandaime se alejaba cada vez más hasta desaparecer por la esquina de la calle. Al quedarse solo, el hombre de cuarenta años sonrió por la comisura de uno de sus labios dejando en el aire la sensación personal del trabajo bien hecho gracias a su buen engaño.
—
El sonido metálico se podía escuchar saliendo de una de las salas de los pasillos de la tétrica guarida. El lugar era tan nauseabundo que podía llegar a hacer vomitar a cualquier persona decente que entrase allí. El rasgido seguía haciendo su sonata médica sin parar. Allí, se encontraban dos adultos alrededor de una mesa camilla, iluminada por un foco de quirófano. Rodeaban un pequeño cuerpo visiblemente afectado.
—Bisturí. Que sea del número 15. —dijo el médico cuya boca cubría una mascarilla quirúrgica. —Voy a proceder a hacer una incisión en el área asignada del cerebelo.
Sucesivos golpes sordos sonaron contra las sujeciones de las piernas y los brazos de la fría mesa de operaciones que se encontraba en el centro de la sala. El corte causaba un temblor constante que no se podía parar en el sujeto.
—Interesante. Así que esto sucede incluso en niños, ¿eh, Shinnô-sensei? —dijo tranquilamente el enfermero que asistía al cruento espectáculo.
—Apúntalo en la hoja de registro de experimentación. No queremos que se pierda nada de información de los experimentos. —respondió fríamente el doctor mencionado.
El individuo fue a proceder a hacer otro corte cuando rápidamente, en la habitación quirúrgica, entró un subalterno visiblemente alterado.
—Shinnô-sensei, Orochimaru acaba de regresar. Dice que tiene urgentes noticias para usted.
Ante el nombre del Sannin, el hombre llamado Shinnô dejó de inmediato la operación y se quitó los guantes y la mascarilla casi arrancándoselos de cuajo. Salió corriendo de la sala seguido de su ayudante a toda velocidad. Shinnô estaba indignado. Orochimaru llevaba dos meses sin dar señales de aparecer por los escondites de Konoha y todo se había parado. Le había dejado a él sólo la responsabilidad del laboratorio y de la guarida sin previo aviso a su desaparición.
Habían pasado tres años desde que murió Yondaime Hokage en el Ataque del Kyûbi y la situación estaba siendo particularmente difícil para los seguidores y socios de Orochimaru. El Sannin serpentino estaba demasiado ocupado tratando de entablar relaciones diplomáticas con el Consejo de Ancianos de Konoha y con Sandaime Hokage como para estar atento a los avances de su propia investigación. Shinnô había sido elegido por todos los seguidores de Orochimaru para hacerse cargo de todo el entramado del Sannin dentro de Konoha, pese a los riesgos que ello conllevaba. Y es que Shinnô no era un ninja de dicha Aldea Shinobi, sino de la antigua Enmugakure no Sato (Villa Oculta de las Brumas) del País del Cielo, destruida durante la Segunda Guerra Shinobi por la mismísima aldea del malicioso Sannin.
A causa de diversas circunstancias pasadas, Orochimaru y Shinnô se conocieron y comenzaron a colaborar ofreciendo cada uno sus recursos y conocimientos para alcanzar los objetivos de sus proyectos. Lo que más deseaba Shinnô era cobrar venganza hacia Konoha por su villa destruida. Ahora que el Sannin había regresado y vuelto a establecer el contacto podrían avanzar en la consecución de sus objetivos.
—Está en esta sala, Shinnô-sensei. Pase, por favor. —dijo el subordinado que le había adelantado la noticia del regreso.
Shinnô abrió el pomo de la puerta y allí lo vio. Sentado en un sillón que miraba hacia la puerta. Vestía el traje estándar de su aldea con chaleco táctico verde y la cinta de Konoha en la frente. Su rostro estaba sembrado con una sonrisa maliciosa, típica en él.
—Ha pasado mucho tiempo sin verte, Shinnô. —comenzó en forma de saludo Orochimaru.
—Sin duda, es bueno saber que estás aquí, Orochimaru. —respondió Shinnô incómodo ante el ambiente creado en la habitación. Parecía que el Sannin mostraba una actitud de superioridad. —Ahora que has regresado, sugiero que nos pongamos al día con los experimentos y…
—Los experimentos se van a cancelar en este mismo momento, Shinnô. Tus servicios ya no son necesarios.
Shinnô miró a Orochimaru fijamente a los ojos tras las declaraciones. No había ningún atisbo de broma o de duda en el rostro del shinobi serpentino. Estaba siendo completamente sincero, y eso le estaba mosqueando.
—¡¿Qué estás diciendo, Orochimaru?! ¡¿Cómo que los experimentos se cancelan?! ¡Estamos cerca de cumplir nuestros objetivos! —exclamó visiblemente afectado el ninja del País del Cielo.
Orochimaru negó con la cabeza mientras sonreía maliciosamente. Había algo que a Shinnô no le encajaba bien de todo esto.
—Sandaime no da su brazo a torcer: no habrá Godaime Hokage. Él va a volver a asumir el puesto en sustitución a Yondaime. —terminó de explicar el Sannin. —Mis objetivos no se acercan a cumplir, cambian de rumbo. De nada me sirve seguir aquí en Konoha por más tiempo.
Shinnô le miró completamente enfurecido. ¿Iba en serio? ¿Es que acaso Orochimaru se iba a marchar de Konoha y cancelaría los experimentos? ¿En serio les había puesto en peligro a él y al resto de socios para que ahora no hubiese resultados? ¿De verdad Orochimaru lo iba a echar todo a perder porque no podía ser Hokage?
—¡¿Y qué mierda importa ese título?! ¡¿Es que acaso el nombre de “Hokage” te ha fundido los sesos, Orochimaru?! —habló Shinnô con amargor en cada una de sus palabras. —¡¿Y todo lo que te he enseñado?! ¡¿Y todo el esfuerzo y las horas de arduo trabajo intentando no ser descubierto por esos malditos ANBU?! ¡¿Vas a tirar todo a la mierda por eso?! ¡¿Por ser Hokage?!
Orochimaru observó divertido a Shinnô. El hombre de cabellos blancos estaba con la cara enrojecida y el Sannin disfrutaba verle así. En verdad, sentía una punzada llena de placer al verle sufriendo.
—No eres más que otro idiota de miras cortas, Shinnô. Todos los experimentos que estás haciendo desde hace dos meses ya los he hecho yo antes. No me sirven para avanzar más en mi investigación. —respondió Orochimaru con tranquilidad.
El Sannin vio cómo Shinnô apretó los dientes con sus protuberantes y firmes mandíbulas. Le pareció que el ninja del Cielo se disponía en una posición de ataque, pero intentando no mostrarla. ¡Qué ridículo! ¡Pensando que podría vencerle si le llegase a atacar!
—¡Y qué más, ¿eh?! ¡¿O es que acaso olvidas todo lo que has hecho para llegar hasta lo que eres, Orochimaru?! —retó Shinnô mirando con furia al Sannin. —No olvides a tus aliados o te arriesgas a ganarte enemigos.
—Ju, ju, ju ¿aliados? Yo no pienso en las personas como aliados, Shinnô. Sólo pienso en los pasos que tengo que realizar para cumplir mis objetivos. —dijo fríamente Orochimaru tras reírse de las palabras del hombre del Cielo. —Y ahora tú no formas parte de ellos, eres inútil.
En ese mismo momento, Shinnô no aguantó más la falta de respeto de Orochimaru. El Sannin vio cómo el hombre, preso de la ira y el enojo, se abalanzó contra el sillón donde él estaba sentado. Con una gran velocidad y sin atisbo de haber perdido el aliento, Orochimaru se puso detrás del médico del Cielo. Una serpiente salió de su brazo y fue a parar al gemelo de Shinnô quien comenzó a quejarse y a gritar de dolor al sentir su firme mandíbula.
—Tu presencia ya no es necesaria, aunque tu cuerpo me puede ser útil más adelante. Por ahora te dejaré vivir, si es que puedes resistirlo. —expresó Orochimaru mientras Shinnô se quedó inconsciente en poco menos de quince segundos.
El Sannin serpente salió despacio de la sala y comenzó a caminar por los pasillos del búnker donde aguardaban habitaciones llenas de experimentos. Todo estaba silencioso.
—La verdad es que Danzô no me ha servido lo suficiente para poder convencer al Daimyô de mi candidatura a Hokage. Y con Sarutobi-sensei mediando el resultado no podía ser otro. —dijo Orochimaru paseando despacio por el sórdido lugar. —Ya no pudo estar más aquí, perdiendo el tiempo…
Sus esbirros aliados habían comenzado a abandonar las estancias tal y como estaban antes de su llegada. Había ordenado a todos los presentes comenzar la evacuación de la guarida, así como también de Konoha. En menos de media hora, ese lugar estaría completamente acordonado por los ANBU y, seguramente, también por su maestro, Sarutobi Hiruzen.
—Es casi hasta poético. El alumno sobresaliente luchará contra su célebre maestro en una singular batalla. —pronunció Orochimaru mientras abría otra puerta para introducirse en ella en espera.
El Sannin se quedó en silencio mientras escuchaba a lo lejos por la entrada sur del escondite la incursión de varios ninjas. Había comenzado el levantamiento del lugar.
—Lo que me pregunto es… ¿quién ganará de los dos, Sarutobi-sensei?
—
Hiruzen acababa de entrar en la amplia sala del escondite. No podía creer que hubiesen excavado tan cerca de la Mansión Hokage y, peor aún, sin que él supiese nada.
Gracias a un superviviente que había escapado del cautiverio, Hiruzen pudo activar su Tōmegane no Jutsu (Jutsu del Telescopio) con su bola de cristal, descubriendo el terrible lugar que yacía en el subsuelo de Konoha: una construcción de túneles y habitaciones que Orochimaru había construido sin ser visto, un lugar que ni el Equipo de Barrera de Konoha, ni ningún miembro del clan Hyûga pudo ser capaz de localizar anteriormente. ¿Desde cuándo entonces estaba este lugar allí? Y peor, ¿cómo había sido posible? Definitivamente, estaba claro le habían estado ocultando información y que había sido ocasionado por “topos”.
Después de recorrer los pasillos llenos de podredumbre, y golpeando una puerta desde la que se escuchaba un sonido constante, delante de Sarutobi Hiruzen y de los dos ANBU que le acompañaron hasta su destino, se encontraba Orochimaru. El ninja traidor estaba rodeado de cadáveres metidos de cualquier manera en ataúdes, cuerpos de ninjas que Hiruzen identificó como miembros de Konoha. Las paredes mostraban colgadas personas a medio morir, inducidas por efectos de Genjutsu o de narcóticos en un estado de absoluta zombificación. En las estanterías, multitud de frascos se esparcían cuidadosamente clasificados por etiquetas, los cuales contenían fetos en diferentes estados de desarrollo y diversas partes del cuerpo humano, especialmente del sistema nervioso.
Hiruzen vio con horror espantoso como su alumno se giraba con altanería, con una sonrisa llena de malicia. A Hokage le dieron ganas de vomitar.
—Orochimaru, ¿qué pretendías hacer con esto? —preguntó Sandaime con la mirada llena de incredulidad.
El ahora conocido como Sannin sonrió con la comisura de uno de sus labios. Hiruzen no sentía que Orochimaru estuviese preocupado o envalentonado por ser descubierto en esta situación, muestra de ello es que procedió a hablar con tranquilidad.
—Quiero aprender todas las técnicas, y comprender la verdad de este mundo, Sarutobi-sensei. —expuso con total normalidad Orochimaru
—¿La verdad de este mundo? —inquirió Hiruzen con la frente llena de sudor por la críptica respuesta. —¿A qué te refieres?
—Para mí, la vida del cuerpo es demasiado corta. Es demasiado pasajera. Prueba de ello es el tiempo que vivieron mis padres en este mundo. —continuó hablando Orochimaru sin responder directamente a la pregunta. —Aunque fuera un Hokage, todo terminaría al morir. No serviría de nada.
La mente de Hiruzen comenzó a unir puntos. Entonces, ¿Orochimaru llegó a esto porque no le era suficiente ser ANBU? ¿Es que acaso Orochimaru había estado haciendo todo esto por envidias al no haber sido elegido Yondaime Hokage? ¿Su discípulo, considerado el genio de su generación, había caído en una rabieta de ese tipo?
Sandaime Hokage vio como sus dos ANBU tenían aspecto de estar sumamente turbados. Ambos individuos eran los dos mejores de su rango dentro del Equipo Rô de la Sección Principal ANBU y de los mejores de su Categoría Ninja: Asesinos. Si estaban tan nerviosos por lo que habían sido testigos, tenían que obrar con cuidado. Orochimaru no era una persona normal.
—Entonces, eso puede ser acaso… —trató de decir con dificultad el Hokage.
Orochimaru sonrió con suficiencia y cerró los ojos con una elegancia mortífera.
—Es exactamente lo que piensas, Sarutobi-sensei. Una técnica de inmortalidad que conserva el alma de alguien en este mundo para siempre. En otras palabras, una técnica de reencarnación donde tras encontrar un nuevo cuerpo se transfiere su alma y me apodero de él. —declaró Orochimaru sonriendo con malicia. — Mi objetivo es la inmortalidad perpetua.
Los tres shinobi que escucharon las palabras de Orochimaru sintieron ganas de vomitar repentinamente ante tales declaraciones. ¿La inmortalidad? ¿Qué clase de tontería era esa? ¿Vivir para siempre? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Para qué? Hiruzen trató de no temblar del terror ante la oleada de preguntas que le asolaban. Esto era un asunto que no podía pasarse ni taparse. Era algo lo suficientemente terrible como para poner en peligro todo el Sistema Shinobi establecido de Konoha y a toda la población civil, independientemente de si era un objetivo que se pudiese alcanzar o no.
“No queda otra. Orochimaru debe morir.”
—
El sonido de las pisadas en la hierba era sutil, pero sonaban con gran fuerza en la fresca noche. Sarutobi Hiruzen corría por las explanadas y bosques del País del Fuego a toda velocidad. Quedaban pocos kilómetros para el final de la frontera con el País de los Arrozales al noroeste. No podía dejar que Orochimaru se escapase.
Había dejado tirados a los dos ANBU que le habían acompañado hasta el interior de su guarida terriblemente heridos por el cruce de armas y técnicas con Orochimaru. Éste había podido sortear a todas las fuerzas regulares y ANBU que habían acorralado el escondite antes de salir huyendo por patas como el escurridizo traidor que era.
Hiruzen apretó los dientes con fuerza en sus mandíbulas. Aún no se lo podía creer. No podía creer que Orochimaru había hecho todo lo que había hecho: construir una guarida secreta a espaldas de Konoha y secuestrar y realizar experimentos a humanos. Era imposible, aún se negaba Sandaime a aceptar tal crueldad, tal desprecio por todo lo existente.
Hiruzen recordó cuando se enteró de que existían grandes sospechas de que Orochimaru había construido un escondite bajo la misma Konoha, una serie de túneles con habitáculos que hacían las veces de salas de experimentación. Estaba completamente impactado por los informes del servicio secreto y por lo que vio gracias a su bola de cristal. Cuando se decidió a presentarse junto con sus ANBU, pudo notar el olor pútrido de la muerte del cerrado lugar, una mezcla asquerosa de sangre, sudor, orín, heces y semen flotaba en todo el lugar. Sólo recordarlo le daban náuseas en ese mismo instante. No quería imaginar todo lo que había estado sucediendo allí, en las experimentaciones que había realizado su antiguo y aventajado discípulo.
Por un instante, Hiruzen pudo sentir algo diferente en el ambiente. Podía sentir dos flujos de chakra diferentes a menos de 200 metros de su posición. Descendió la velocidad y se escondió tras un enorme árbol para evaluar la situación. Estaba al lado de la frontera de los Arrozales. De repente, comenzó a escuchar una conversación entre dos personas, dos jóvenes adultos.
—¿Estás seguro que no vas a cambiar de opinión, Orochimaru? —escuchó Sandaime de un hombre cuya voz se le hacía familiar.
—¡Ridículo! ¡Hay un límite para la estupidez, Jiraiya!
Al asomarse despacio de su escondite, Hiruzen fue testigo de como Orochimaru saltó por los aires con ánimo de atacar a otro joven de su misma edad. Un hombre muy alto, con cabello largo y blanco. Su otro alumno y amigo del fugitivo, Jiraiya. Parecía que el joven había sido más rápido que él en llegar, tratando de pararle los pies al que había sido su amigo.
Se produjo un cruce de golpes y de armas ninja entre los dos. Ninguno de los dos jóvenes quería sacar a relucir sus técnicas. Ya se las conocían muy bien mutuamente como para saber cómo contrarrestarlas. Orochimaru se agarró a la corteza de un árbol a cuatro patas como si de un animal salvaje se tratase. Dirigió a Jiraiya una mirada con absoluto desdén. El joven shinobi de cabellos blancos de Konoha tenía el rostro muy turbado. No podía creerlo, no podía creer que todo esto estuviese pasando. Su corazón palpitaba por el daño cometido por su compañero de equipo y amigo, por la traición. Hiruzen observó como Jiraiya parecía flaquear y despistarse por el dolor, algo que Orochimaru aprovechó para utilizar un Doton: Kage Bunshin (Clon de Sombra de Tierra), el cual se deslizaba por la espalda de su fiel discípulo Jiraiya para apuñalarlo.
“Katon: Gôkakyû no Jutsu (Jutsu Ígneo: Gran Bola de Fuego)” pensó con intensidad Hiruzen saliendo de su escondite y ejecutando dicha técnica para interceptar el clon de sombra dirigido hacia Jiraiya.
—¡Sarutobi-sensei! —exclamó el hombre de cabello blanco sorprendido por la llegada de su maestro.
Hiruzen se acercó al lado de Jiraiya y miró a lo alto del árbol tras llegar al lado de su discípulo de pelo blanco. Sandaime frunció el ceño profusamente. No le pareció ver a Orochimaru, le pareció ver a un ser animalesco, a una sabandija. Algo que no era humano que se movía entre las sombras del lugar.
El Hokage y Orochimaru se lanzaron una mirada de gran intensidad. Hiruzen conocía el dicho de sus mayores que decía que había dos ocasiones en la que los shinobi podían conocer a sus oponentes: a través del combate y con el intercambio de miradas. Sandaime vio los ojos de Orochimaru. Una sombra tenebrosa cubría sus párpados y el iris parecía más oscuro, algo digno del mundo de ultratumba. Aquí ambos shinobi, Hiruzen y Orochimaru, se dijeron muchas cosas a través de la mirada, pero una quedó más que clara: cada uno se había posicionado y eso era todo lo que tenían que saber.
Orochimaru sonrió una última vez con malicia, saltó del árbol y rápidamente se perdió en la espesura del bosque para atravesar la frontera sin mirar atrás.
—¡Ah! ¡Sensei, tenemos que…! —dijo Jiraiya haciendo ademán de perseguirlo.
—Jiraiya, para. Si los guardias de los Arrozales saben que hemos cruzado la frontera del país ahora mismo, podemos causar un incidente internacional.
Jiraiya se giró para mirar a su maestro. ¿Qué significaba eso? ¿Cómo que no podían pasar? ¿Causar un incidente internacional? En una situación como esta, era mucho peor dejar libre a Orochimaru que tener un pequeño conflicto diplomático con el País de los Arrozales. ¡Más sabiendo todo lo que Orochimaru había cometido y podía llegar a hacer! El shinobi de cabello blanco de Konoha estaba furioso. Se acercó aún más a su maestro y le agarró del cuello del mono de combate, preso de la ira.
—¡Maldito viejo! ¡¿Por qué no lo has detenido?! ¡Le pudiste haber convencido! ¡Le pudiste…!
—No, Jiraiya. —habló Hiruzen con tristeza. —No pude hacer nada. Creéme. Lo intenté.
Al mirarle a los ojos, el joven Sannin vio que no había engaños procedentes de su maestro. La agotada mirada de Hiruzen dejó impactado a Jiraiya. Había culpabilidad, dolor, sentimiento de traición. Jiraiya sabía, por boca de Tsunade y por comportamientos que había realizado Orochimaru, que su antiguo compañero de equipo había realizado actos completamente execrables en el pasado y que su maestro había querido darle una oportunidad de rectificar, varias incluso. Ahora, sin embargo, había alcanzado lo que nadie pensó que habría llegado a realizar: atentar contra Konoha y contra los habitantes de la misma con actos repulsivos. Preso del dolor, Jiraiya, soltó el agarre del cuello de su maestro, dejándolo completamente libre.
—Tenemos que regresar a Konoha. Hay muchos muertos que enterrar y muchas familias que necesitan una explicación a todo lo que ha pasado. —dijo Hiruzen con la mirada oculta.
Jiraiya apretó los puños mientras miraba el suelo de hierba antes de seguir a su maestro en la distancia. Aquella noche sería conocida como el Incidente de las Investigaciones de Orochimaru contra Konoha, donde tiempo después se supo que el repulsivo shinobi se cobró brutalmente la vida de 96 personas de la Aldea, entre civiles y miembros del Sistema de Jerarquía Shinobi de todas las edades y rangos.
—
—¡Hokage-sama! ¡Pueden parecerse a ellos, pero no son los verdaderos Shodai-sama y Nidaime-sama!
Sandaime sentía como la sangre comenzaba a llenar sus pulmones. Algo normal, teniendo en cuenta que se los habían perforado. Un desesperado Zô le había advertido al inicio del combate sobre los dos seres que habían aparecido ante él. Desde ese momento, todo había sido extraño y confuso. No había estado más que atento a su propio combate. Hiruzen levantó la mirada y vio a Orochimaru, quien estaba delante de él, observando con terror al Shinigami que trataba de sacarle el alma del cuerpo para arrastrarle forzosamente al otro mundo. Sus dos almas estaban entrelazadas por la tela del destino mortal y era cuestión de tiempo de que la técnica se terminase de cumplir.
“Parece que no tengo fuerza suficiente para extraer todo tu chakra. Pero tu ambición termina aquí, Orochimaru.” pensó Hiruzen al tratar de hablar sin éxito al no poder sacar más que los brazos etéreos de su alumno. “Todo ha ido demasiado lejos…”
Hiruzen tosió violentamente y vomitó abundante sangre. Su garganta emitió un gorgoteo mortal. Estaba atravesada por una espada, imposibilitando su habla. Su cuerpo entero también estaba ensartado y el pecho mostraba la punta de la maldita espada Kusanagi, filo que se había dado por perdido.
Orochimaru miraba a los ojos de su maestro con visible dolor. Estaba sudando abundantemente. El jutsu le estaba afectando mucho. Le dolían terriblemente los brazos.
—Esto no se supone que debiera pasar. ¿Es que acaso Toshikomi me ha engañado? — farfulló Orochimaru por lo bajo, tratando de recordar todo lo que le dijo aquel misterioso hombre.
El Sannin vio como su antiguo maestro le sujetaba con toda la fuerza conocida de los Sarutobi, pese a estar prácticamente inhabilitado total. La muerte de su maestro estaba cerca, pero no cejaba en su intento por pararle y lograr el objetivo de quitarle la vida. Entonces, lo sintió. Orochimaru alzó la vista de nuevo y sintió una heladísima sensación que se había instalado en su estómago. Hiruzen vio con una pequeña risa y satisfacción la cara de asombro y terror de su antiguo discípulo.
“¡Hasta aquí llegó tu ambición, Orochimaru!” pensó el anciano con alegría.
Hiruzen sintió como, con un gesto del mencionado, se clavó más profundamente el filo de la espada Kusanagi por su espalda. Enkōō: Enma, el Gran Rey Mono e invocación personal de Hiruzen llamada al combate, había tratado de detenerla sin mucho éxito, pues las serpientes invocadas de Orochimaru le estaban constriñendo todo el cuerpo. Instantes después, Hiruzen notó que varias espadas se clavaron nuevamente por todo su cuerpo: las piernas, los brazos, los costados, la garganta. Orochimaru seguía insistiendo en dejarle como un alfiletero. Estaba completamente ensartado.
—No dejaré que pase lo mismo. Él… ¡él me lo prometió! —dijo Orochimaru con un rostro lleno de rabia e indignación. —¡Toshikomi, maldito seas!
Hiruzen miró lleno de confusión y dolor a su alumno. No entendía qué estaba pasando ni a quien se estaba refiriendo. ¿Había otra persona implicada? ¿Toshikomi? ¿Quién era ese individuo? ¿Acaso se había aliado con alguien para realizar la destrucción de Konoha y para asesinarle? Hiruzen suspiró con violencia y tosió de nuevo. Ahora ya nada de eso importaba. En esos momentos, delante de él, sólo vio a un hombre desesperado por no morir, por querer salir de esa situación como una rata acorralada a la que el gato está a punto de darle caza. Orochimaru era débil y siempre lo había sido.
“Te daré el castigo que te mereces, Orochimaru. Cometiste muchísimos crímenes atroces. Aprendiste muchas técnicas en tus asquerosas investigaciones y estás orgulloso de todo ello. Así que… ¡Me llevaré TODAS las técnicas que tengas!” sonrió el anciano Hokage de manera maliciosa. ”¡JAMÁS podrás volver a usarlas!”
Hiruzen hizo un gesto mirando a la parca. El ser fantasmagórico miró al solicitante y, tras un rato, asintió con ominosidad pasmosa. Posteriormente, el Shinigami alzó su enorme cuchillo espiritual. Orochimaru respiró con agitación ante la terrible visión, la visión del espíritu de la muerte. De repente, sintió como un gran tirón terminó de sacarle los brazos fantasmagóricos del estómago y el cuchillo cayó como una guillotina.
—No puede ser… ¡Detente, maldito! —gritó Orochimaru sin mucho éxito lleno de un dolor que le carcomía cada uno de los nervios de su cuerpo.
Era un dolor completamente intenso. Orochimaru no sabía cómo era posible ese sentir. Recorría todo su cuerpo, el cuerpo de aquella muchacha al que había arrebatado la vida para poder hacerlo suyo. No eran sólo los brazos. Cada dedo del pie, cada parte del torso, cada ínfima célula de su organismo dolía extremadamente fuerte.
Finalmente, la parca hizo su trabajo, y tras terminar de cortar los brazos espirituales de Orochimaru, comenzó a absorber las almas que habían sellado su pacto con ella tras sellar la evidencia en el vientre de Sandaime, quien gimió de malestar.
—¡Agh! Mi-mis manos…
Orochimaru trató de levantar sus miembros mencionados, pero era muy difícil, casi imposible. Vio que empezaban a tornarse de un color negro. El olor pútrido de un cuerpo muerto comenzaba a llenar el aire y la sangre comenzaba a chorrear de las costras y heridas que comenzaban a formarse. Se estaba necrosando.
“Ya no podrás usar tus brazos ni usar sellos nunca jamás. Eso te hará las cosas difíciles siendo un brujo, ¿eh?” pensó con la mente nublada Sandaime Hokage.
—¡Maldito viejo! ¡Devuélveme mis brazos! —gritó Orochimaru exigiendo imposibles. —¡Toshikomi, esto no se supone que tendría que haber pasado!
Hiruzen sonrió ante la absurdez y las locuras de su alumno.
“Toshikomi de nuevo, ¿eh? Así que verdaderamente había alguien ayudándote por detrás. Me da lástima que no podamos morir juntos, estúpido aprendiz. Nos encontraremos en el otro mundo… espero que más pronto… que tarde…”
Orochimaru siguió profiriendo maldiciones, pero los oídos de Sarutobi Hiruzen ya no escuchaban. Sus ojos llenos de bruma comenzaban a cerrarse poco a poco y sintió que se desplomaba al suelo con todas las espadas cayendo con él.
Hiruzen sabía que su historia daba a su fin. Su mente rápidamente comenzó a recordar cada uno de los momentos vividos. Recordó a sus padres, su hermano, su esposa, sus hijos y nieto, su sobrina, a todos los miembros del clan Sarutobi y de Konoha que conocía. Recordó sus obligaciones y responsabilidades como Hokage. Había cumplido su deber como prometió. Había protegido Konoha. No fue un trabajo fácil. Sabía que cuando él estuviese muerto comenzarían a salir muchos misterios ocultos, que quienes vendrían después tendrían que ocuparse de ellos. No podía hacer más que desearles suerte. Hiruzen se lamentó de creer que pudo hacer más y no lo hizo, pero ahora ya todo eso era inútil. Todo había acabado para él.
Lo último que vio antes de sumirse en el camino de la plácida oscuridad eterna fue cómo aquel ser maldito de Orochimaru se iba transformando en el niño huérfano de mirada y sonrisa triste que en una ocasión consoló.
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PERFIL NINJA OFICIAL
Número de Registro Ninja: 000261
Apellido: Sarutobi
Nombre: Hiruzen
Apodo/sobrenombre: Tercer Hokage (Sandaime Hokage) / El Profesor (Purofessā) / El Dios Shinobi (Shinobi no Kami) / Mono (Saru)
Fecha de nacimiento: 08 de febrero del año 011 de la Era Moderna
Sexo: Hombre
Estatus: Fallecido
Tipo sanguíneo: A
Afiliación: Konohagakure no Sato, País del Fuego
Clan/Familia: Clan Sarutobi (clan ninja político)
Equipo: Genin Licenciado del Equipo 01 – 017 y antiguo Capitán del Equipo 03 – 035
Rango Ninja: Jônin (año 020 de la Era Moderna)
Categoría Ninja: Saboteador
Naturalezas de Chakra: Fuego (Afinidad Natural), Viento, Rayo, Tierra, Agua, Yin y Yang
Kekkei Genkai: Inexistente
Ocupación: Hokage
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PRÓXIMO CAPÍTULO
SALVACIÓN
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